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Baladas Chicanas
Lunes, 24 de Octubre, 1983
Emilio Garcia Riera

Parte 1
    Acabo de participar en una reciente conferencia -- encuentro, diría yo -- celebrada en La Jolla, California. Se trató ahí el tema "Tecnología y Cultura en la frontera de México y Estados Unidos"; presenté en consecuencia un trabajo a propósito de cómo los cines de Hollywood y de México se han referido a la frontera a lo largo de sus respectivas historias, y hube de llegar a la obligada comprobación de que sólo el muy joven cine chicano parece proponer una visión justa de los problemas fronterizos.
    Pero no teman: los dispensaré -- por ahora: no prometo nada -- de las listas de películas remotas que documentaron mi ponencia al modo de las notas aquí publicadas sobre México visto por el cine extranjero. Tiempo habrá de dar la lata con esas cosas. Creo ahora más interesante dar noticia de dos Baladas que pude ver (curioso asunto: las baladas son por lo general oldas) en exhibiciones especiales de distinto tipo y que son testimonios muy interesantes del último cine chicano. La primera, Ballad of an Unsung Hero (1983), es un documental bilingue de media hora, ya exhibida en la telvisión estadunidense, que produjeron y escribieron Paul Espinosa y Loretta Parlee y dirigió y editó Isaac Artenstein. La segunda es la ya muy comentada Balada de Gregorio Cortez (1981), producida por Moctezuma y Esparza y dirigida por Robert M. Young.
    El "unsung hero" de la primera cinta tiene hoy 86 años y vive como ciudadano estadunidense San Isidro. Es el chihuahuense Pedro J. González, en cuya azarosa vida parecen haberse dade cita varios destinos característicos del mexicano del siglo XX: el del revolucionario, el del imigrante, el del "latin lover" cantante y el de la victima de la discriminación.
    Acompañado por su esposa María, el propio González aparece en la película para contar sus experiencias; éstas son ilustradas por sus entrevistadores con fotos y documentales. Así nos enteramos de que González fue entre 1910 y 1917 telegrafista a los órdenes de Pancho Villa.
    Después de que lo salvaron unos estudiantes (entre ellos, la propia María) de ser fusilado en Santa Rosalía, González, emigró a California, donde trabajó en los muelles antes de convertirse en Los Angeles en un cantante y compositor muy popular entre la población hispanohablante de los años 20 gracias a la radio y a los discos.
    De ese González triunfante oímos viejas grabaciones y vemos fotos que nos lo muestran con un chistoso bigotito recortado en forma de dos grandes úes. Era la época en que Hollywood había puesto de moda al latin lover con apoyo en Valentino, Novarro y otros, a la vez que los nuevos medios de difusión masiva de la música permitían a gente emprendedora como González dar satisfacción a una nostalgia colectiva por la musica ranchera mexicana, pues ése era el género por él cultivado. Como galán, González se veía -- segun las fotos -- mas bíen caricaturesco, y las grabacionos de su voz no sugieren el esplendor, pero María, como ella misma cuenta, hubo de enfrentar la amenaza representada una legión de admiradoras latinas demasiado vehementes en la afición por su marido.
    De quedar ahí las cosas, la figura do González no pasaría de ser pintoresca. Pero le esperaban aún pruebas dolorosas a las qua me referiré en mi nota de mañana.

Parte 2
    En 1934, el ex telegrafista villista y popular cantante chicano Pedro J. González fue encontrado culpable de violación por un jurado de Los Angeles compuesto exclusivamente por "anglos". La supuestamente violada era una joven de 19 años que tenía el curioso apellido de Versus y que no tardó en confesarse mentirosa: las autoridades habían amenazado con enviarla a un reformatorio si no acusaba a González de la violación.
    De nada valió esa confesión. Un juez también "anglo", naturalmente, se valió de argucias legales para condenar a González, y el hombre hubo de padecer en la prisión de San Quentin, durante seis años, las peores torturas, vejacionos y humiliaciones reservadas a los mexicanos, González no se rindó y no admitió nunca su culpabilidad. Al fin, gracias en buena medida a la solideridad de sus admiradores chicanos, fue liberado y deportado a México. Entro 1941 y 1971 vivió en Tijuana, donde recreó sus programas de radio y mantuvo su popularidad. Hace doce años que vive en Estados Unidos como patriarca de una numerosa descendencia -- 84 hijos, nietos, etcétera -- y sin dar señales de amargura. Es un casi nonagenario saludable, jovial y simpático que comprueba los cambios en favor de la vida de la minoría chicana y que declara haber conocido, pese a todo, "a muchos estadunidunses que son muy nobles".
    Varios de quienes vimos en La Jolla Ballad of An Unsung Hero, el documental que cuenta la vida do González en media hora, estuvimos de acuerdo en que ése es muy poco tiempo para hacer justicia al personaje.
    Además, nos dijo el director de la cinta, Isaac Artenstein, que no pudo alargaria por razones de penuria económica, pero que tiene material más que suficiente para armar un largometraje. Eso abre la posibilidad, pues ya se habló de ello, de que el cine estatal mexicano colaboro económicamente para hacer el largometraje posible y dar así a la experiencia de González todo el relieve y todo la difusion que merece. De cualquier manera, y aun dentro de sus limitaciones y su modestia, Ballad Of an Unsung Hero es un esplendido testimoneo que bien merecería ser conocido por medio de la televisión mexicana, pero en eso no tengo más remedio que ser escéptico.